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Hace pocos días, en las redes sociales, el guionista Eduard Solà se reivindicó con orgullo como charnego y rápidamente fue objeto de desprecio.

Algunos le acusaban de victimizarse, de esconder un supuesto españolismo o incluso de “no ser suficientemente catalán”. Estas reacciones, más que un debate sereno, revelan un fondo etnicista que no ayuda en nada a la convivencia.

el término charnego ha sido, históricamente, un término despectivo dirigido a los catalanes, hijos e hijas de la inmigración andaluza, extremeña o murciana. Pero el tiempo ha transformado ese estigma: muchos lo han reaprovechado como un signo de orgullo y de identidad compartida. Reivindicarse charnego no es victimización, es dignidad.

Gustavo Cuadrado. Analista político

Gustavo Cuadrado. Analista político

Algunos, conscientes de que el desprecio original ya no es aceptable, intentan ahora presentar el charneguismo como una tapadera de españolismo. Nada más lejos de la realidad. La mayoría de estas familias han estado vinculadas a movimientos obreros y populares, muy alejados de la derecha centralista y reaccionaria. De hecho, su lucha social y sindical ha contribuido a democratizar Cataluña, a reforzar derechos ya votar masivamente a favor del Estatut que regula el autogobierno del país.

La realidad es que muchos hablan catalán con sus hijos, los educan en la lengua catalana y participan en actividades culturales como castillos, fiestas mayores o entidades del barrio. La catalanidad no puede reducirse a una opción política, menos aún debe venir definida en conceptos de origen o de opción lingüística excluyentes.

Quienes emplean la palabra “charnego” como insulto desconocen o, peor aún, ignoran la divisa fundamental del catalanismo social de toda la vida: somos un solo pueblo. Es decir, no puedes dividir Cataluña en función de dónde hayan nacido sus hijos, de la lengua que hablen, etcétera. Sólo la unidad cívica del pueblo de Cataluña en torno a unos objetivos de bienestar social de excelencia debe vertebrar el concepto de país. El etnicismo y la exclusión por origen o por lengua no tienen razón de estar en Cataluña.


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De hecho, el uso del catalán creció en esas aulas llenas de hijos de inmigrantes, que lo aprendieron en la escuela y lo transmitieron a las siguientes generaciones. Sin embargo, en los últimos años este uso ha retrocedido por diversos motivos: la llegada de nuevas oleadas migratorias de todo el mundo, la fuerza de las redes sociales con contenidos mayoritariamente en castellano y en inglés y la pérdida del uso social de la lengua, pero esto en ningún caso debe atribuirse a unos presuntos “charnegos” que, en realidad, han contribuido a orgullosos.

Todos recordamos cómo el colectivo koiné (del independentismo) afirmó que no es catalán quien no habla catalán. Con una sola frase excluían a más de la mitad de Catalunya. Entre ellos, a padres y madres que en los años sesenta, setenta y ochenta trabajaban todo el día en fábricas y talleres para hacer progresar, también, en el país. Quizás ellos no aprendieron el catalán, pero hicieron posible para que sus hijos le hablaran y le amaran. Negarles la catalanidad es un desprecio profundo a su contribución.

La lengua catalana, es la lengua propia de Cataluña, y es necesario defenderla. Pero esto no significa ir en contra de ninguna otra lengua. De hecho, sólo se podrá conseguir desde la inclusión y el respeto, nunca desde el reproche y el desprecio.

Y es que, sobre todo, los charnegos incomodan a una parte de la burguesía catalana de toda la vida. La que habla mucho de Catalunya pero tenía (y tiene) sus dineritos en Andorra por no tener que contribuir al progreso del país. La misma burguesía que hoy agita banderas gigantes y dan carnets de buen patriotismo, pero que levantó buena parte de su fortuna a la sombra del franquismo, aprovechando privilegios y complicidades que ahora prefieren esconder.

De hecho, hay ejemplos que son tristes incluso de recordar. El presidente Quim Torra, en un artículo del 2012, describía como “bestias con forma humana” a aquellos que (según él) rechazaban la catalanidad, expresiones que muchos interpretaron como un desprecio intolerable. Años antes, Marta Ferrusola, la mujer de Jordi Pujol, había llegado a referirse a los inmigrantes de origen andaluz como gente que "sólo sabe decir dame de comer", prejuicio que la llevaba a manifestar su malestar para que "alguien" como José Montilla fuera presidente, por su origen.

Lo que realmente les molesta es que la mayoría de charnegos han estado lejos del PP y de Vox, al igual que de Aliança Catalana y de la deriva más integrista de una pequeña parte de Junts muy alejada de ese viejo pujolismo que trabajó por la integración. Fue primero el PSUC y después el PSC quienes contribuyeron, con su apuesta por el catalanismo social, a que no hubiera divisiones ni ninguna deriva de inspiración lerrouxista.

Reducir el concepto de Cataluña sólo, a quienes son catalanohablantes o bien sólo a quienes se identifican con el proyecto independentista sería un error histórico. Un error que nunca cometieron ni los presidentes Macià, Companys y Tarradellas, ni Jordi Pujol ni, por supuesto, los presidentes Maragall y Montilla.

La lección del charneguismo es clara: ser catalán no depende del origen ni de la lengua materna, sino de la voluntad de formar parte de una comunidad y cultura compartida. Cataluña sólo será fuerte si suma e integra. Convertir un desprecio en orgullo no es victimización: es justicia histórica y futuro.

Gustavo Cuadrado. Analista político