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Está muy arraigada en la conciencia social una opinión negativa de los abogados. Aquella que, partiendo de los “abogados y procuradores, en el infierno de dos en dos”, nos considera mentirosos y charlatanes y que hacemos trapicheos. Y nos atribuye una serie de calificativos peyorativos como picaplets. Un prototipo que representaron con humor Groucho y Chico Marx, en veintiséis episodios de radio emitidos por la NBC en 1932, cuyas transcripciones fueron publicadas por Michael Barson en su libro Groucho & Chico, Abogados, cuya lectura recomiendo.

Paco Zapater: 'Abogados, ¿no gracias? | paco zapater |

Paco Zapater

En la literatura y en el cine hay pasajes en los que se expresa lo mismo. Unos enfatizan nuestra peligrosidad, como Shakespeare a su Enrique VI, donde un candidato que propone un programa de gobierno afirma que “lo primero que debemos hacer es matar a todos los abogados”. Otros, en lo pesados que somos, como aquel chiste de la revista New Yorker, según el cual “era un día tan frío que incluso los abogados tenían las manos en sus bolsillos”. Y otros, en fin, nos consideran ladrones, como Coppola en El Padrino, III parte, cuando pone en boca de Michael Corleone la frase lapidaria "un abogado con su portafolio puede robar más que cien hombres con pistolas".

Otro aspecto controvertido de nuestro trabajo es la defensa de ciertos individuos, a priori culpables a los ojos de la sociedad. “¿Cómo puede defender a una persona –nos preguntan– sabiendo de antemano que es culpable?” La respuesta es muy sencilla. Primero porque es obligatorio, porque toda persona acusada de un delito debe ser defendida obligatoriamente por un abogado. Segundo, porque los casos no siempre son blancos o negros. Entre ambos suele haber una variada gama de colores intermedios. Y, por último, porque en supuestos de culpabilidad clara, el debate no se centra en la autoría, sino en el castigo a imponer, dentro de una escala punitiva prefijada por la ley y en función de las circunstancias del caso.

Pero ante cualquier problema legal, todo el mundo se pone en manos de un abogado y confía en ello ciegamente. Y se establece una relación que no rara vez termina en amistad… y alguna que otra enemistad. Y es que los abogados, como los catalanes, desde fuera parecemos una cosa, y vistos de cerca somos otra. Nuestro trabajo es multidisciplinar: abogado, psicólogo, confesor, padre, amigo… Y en ocasiones, incluso, banquero. El abogado es una especie de criba que desactiva muchos conflictos interpersonales. Unas veces, como mediador para llegar a acuerdos. Otros, disuadiendo al cliente de ir al juzgado, porque, “si los caminos del Señor son inescrutables”, los de los procesos judiciales lo son aún más, porque los procesos, como las pistolas, los carga el diablo. Sin abogados, deberían duplicarse los juzgados.

Mención aparte merece el abogado de oficio. Más de la mitad de la población española tiene derecho a abogado gratuito. Y me alegro de que sea así. Todos, ricos y pobres, deben tener acceso a la justicia, pero el coste debe recaer sobre la sociedad, no sobre el bolsillo de los abogados -y el de nuestros compañeros de infierno, los procuradores- que asumen la defensa de estos usuarios por cantidades irrisorias. Carga, por cierto, que no tienen otros profesionales como arquitectos, panaderos o médicos, aunque tan importante como la justicia, es la vivienda, el pan o la sanidad.
No sé si la nuestra es la segunda profesión más antigua del mundo, como he oído decir a veces, pero la mayoría de los despachos de abogados son verdaderas oficinas de derechos humanos, sin los cuales el ciudadano no podría ejercer sus derechos. Y esto es importante, uno de los pilares básicos de nuestra sociedad.

Alguien dijo que si los gobiernos determinaran el clima, el mundo sería ingobernable. Lo mismo ocurriría, creo, sin la existencia de los abogados.

¿Abogados? Sí, gracias.

Paco Zapater es abogado